Introducción
Vi una película que me cambió la vida. Es una película cristiana del año 2002 que se llama «El que cambia los tiempos» (Time Changer). ¿La vieron? Se las recomiendo. La historia comienza en 1890, con profesores de un seminario reunidos para evaluar el manuscrito de uno de ellos.
La mayoría elogia el trabajo y el protagonista está muy agradecido. Sin embargo, uno de los profesores se opone a que se publique. ¿La razón? El manuscrito proponía enseñar principios morales separados de la persona y autoridad de Cristo, con la idea de que así el mensaje sería más aceptable para quienes no creían. Ese profesor —que, por cierto, se parecía al Dr. Murphy— lo invita después a su casa para conversar.
El protagonista va molesto, pero allí viene el giro de la película: el profesor tiene una máquina del tiempo y lo envía al futuro, a comienzos del siglo XXI. Allí descubre una sociedad que todavía conserva cierto lenguaje moral, pero que ha separado esa moralidad de Cristo. Incluso visita una iglesia y queda impactado por la superficialidad con que se habla de Dios. ¿Dónde estaba el problema? En haber querido conservar una moral cristiana sin hablar de Cristo Jesús, de su persona, de sus atributos y de su deidad.
De eso trata, en buena medida, el pasaje que veremos. Marcos nos relata cómo Jesús calma la tempestad, pero quiere llevarnos mucho más allá del milagro mismo: quiere que conozcamos mejor a la persona de Cristo, no sólo conocer una parte de la persona de Cristo, sino más bien, que esta característica nos lleve a conocer realmente a Jesús. ¿Podremos permanecer de pie ante Él después de esto?
Proposición
Es por eso que en Marcos 4:35–41 vemos tres instancias que nos ayudan a conocer mejor a Cristo: (1) Antes de la tormenta (4:35–36); (2) Durante la tormenta (4:37–39); y (3) Después de la tormenta (4:40–41).
Antes de la Tormenta (Marcos 4:35‒36)
V.35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado.
«Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo».
Marcos sitúa a la audiencia en un día concreto y en un momento concreto de ese día. No está contando una idea abstracta, sino un episodio presentado como parte de la historia del ministerio de Jesús.
OJO aquí. El capítulo 4 comienza con una serie de parábolas: (1) el sembrador (4:1–20); (2) la lámpara y lo que ha de ser manifestado (4:21–25); (3) el crecimiento de la semilla (4:26–29); y (4) la semilla de mostaza (4:30–32). A continuación, Marcos concentra varios relatos que exhiben la autoridad de Jesús: (1) sobre la tempestad (4:35–41); (2) sobre los demonios (5:1–20); (3) sobre la enfermedad (5:25–34); y (4) sobre la muerte (5:35–43).[1]
Más aún, Marcos no pierde tiempo en mostrarnos detalles sin propósito. Una y otra vez dirige nuestra atención a una pregunta central: ¿quién es Jesús? Quiere que conozcamos a este Jesús, el Hijo del Hombre. Tal vez uno de los textos más representativos sea Marcos 10:45:
Marcos 10:45 — «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».
Pero, además, el Evangelio ya ha venido preparando esa identidad:
Marcos 2:10 — «Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…». Aun después de haber visto su autoridad, los discípulos todavía tenían mucho que aprender acerca de su Señor.
Marcos 8:31 — «Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días».
Marcos 14:62 — «Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo».
Bueno, después de estar enseñando, Jesús les dice: «Pasemos al otro lado». Esto es relevante porque no les está preguntando si les parece una buena idea cruzar de noche, ni si, por ser pescadores, creen que el tiempo está en condiciones. Jesús toma la iniciativa y los llama a cruzar con Él al otro lado.
Aquí llegamos a uno de los principios más importantes de este primer momento: Jesús inicia una travesía que llevará a sus discípulos directamente a una tormenta. Nosotros conocemos el relato y sabemos lo que viene; quisiéramos advertirles: «¡No entren ahí! ¡Viene una tormenta!». Pero Cristo, el Creador y sustentador de todas las cosas[2], no les evita esa travesía. La pregunta aparece de inmediato: ¿es acaso Cristo malo por esto?
De ninguna manera. El relato no nos permite concluir que Cristo sea malo por conducirlos a una travesía en la que aparecerá una tormenta. Lo que sí podemos afirmar es que, en medio de esa prueba, los discípulos van a descubrir algo de Jesús que todavía no habían comprendido. Y antes de seguir, hay algo que conforta el corazón: Jesús no les dice simplemente «vayan». Les dice:
«Pasemos al otro lado».
Es decir, Él mismo irá con ellos. La tormenta los encuentra mientras obedecen la dirección de Jesús, y Jesús está presente en la misma barca. No están allí porque hayan abandonado a Cristo, sino precisamente porque lo siguieron.
«El otro lado» se refiere a cruzar el mar de Galilea hacia la ribera oriental o sudoriental, pues al comenzar el capítulo 5 llegan a la región de los gerasenos. El punto del relato no es simplemente el desplazamiento geográfico: Jesús está llevando a sus discípulos a una nueva escena en la que seguirá revelando quién es Él.
V.36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.
Entonces despiden a la multitud y parten con Jesús «como estaba», en la barca. Marcos añade que había otras barcas con Él, un detalle concreto que registra sin volver a desarrollar. No necesitamos hacer que ese detalle diga más de lo que el texto dice; simplemente forma parte de la manera viva y concreta en que Marcos narra la escena.
Ilustración
Las Escrituras son claras al mostrar que Dios no hace ningún mal, ni es capaz de incitar al mal. Santiago, en su epístola es claro:
Santiago 1:13 — «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie».[3]
Santiago 1:16–17 — «Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación».[4]
Aplicación
Así también con los creyentes hoy. ¿Estás viendo que, aun en medio de las pruebas, Dios puede usarlas para que conozcas mejor a Cristo? ¿Estás aprendiendo a mirar la prueba no solamente preguntando «cómo salgo de aquí», sino también «qué debo aprender acerca de mi Señor mientras estoy aquí»?
Durante la tormenta (Marcos 4:37‒39)
V.37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.
Sproul destaca que el mar de Galilea es conocido por tormentas que pueden levantarse con gran rapidez debido a su geografía y a los vientos que descienden hacia la cuenca del lago. Eso ayuda a visualizar la violencia y rapidez de la escena que Marcos describe.[5]
La tempestad de viento era tan grande que Marcos presenta las olas golpeando repetidamente la barca, hasta el punto de que ésta ya se estaba llenando de agua. El peligro no era imaginario: la situación era verdaderamente grave.
38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?
Aquí hay, al menos, dos cosas que observar. Primero, Jesús duerme. Había estado enseñando y sirviendo durante el día, y ahora vemos algo profundamente humano: estaba cansado y necesitaba descansar. El mismo relato que mostrará su autoridad sobre la creación no esconde su verdadera humanidad.
Esto me recuerda la manera en que el apóstol Pablo describe la intensidad de su propio ministerio cuando habla con los ancianos de Éfeso:
Hechos 20:27 — «porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios».
Hechos 20:31 — «Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno».
Segundo, el sueño de Jesús en medio de la tormenta también recuerda la confianza expresada por David en el Salmo 4:
Salmo 4:8 — «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado».
Entonces lo despiertan:
«Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?»
Otra forma de expresar la fuerza de la pregunta sería: «Maestro, ¿no te preocupa que estemos pereciendo?» Ellos estaban realmente desesperados. ¿Te imaginas a un economista pidiendo auxilio porque los números ya no cuadran? ¿A un piloto perdiendo la calma porque perdió toda comunicación con la torre de control? ¿A un chef desesperado porque nada de lo que sabe hacer funciona? Estos hombres conocían el lago; varios eran pescadores. Y, sin embargo, la tormenta había superado su capacidad.
Sproul comenta aquí —como una posibilidad, no como algo que el texto afirme— que tal vez los discípulos esperaban que Jesús se levantara a orar. Pero Jesús hace algo completamente distinto:[6]
39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.
Jesús se levanta, reprende al viento y ordena al mar: «Calla, enmudece». No ruega a la tormenta ni intenta controlarla mediante alguna técnica; le habla con autoridad. Y el viento cesa. Marcos dice que se produjo «grande bonanza»: después de una gran tormenta, una gran calma.
Nadie esperaba esto.
¿Por qué no lo esperaban?
¿Por qué, después de todo lo que ya habían visto, no esperaban que Jesús pudiera hacer algo así?
Porque todavía no comprendían plenamente quién era aquel a quien seguían.
Ilustración
Así como el profesor de la película pensaba que podía enseñar moral separando esa moral de Cristo, los discípulos habían caminado con Jesús, habían escuchado su enseñanza y habían visto sus obras, pero todavía tenían una comprensión incompleta de su persona. Conocían verdaderamente a Jesús, pero aún no comprendían todo lo que su identidad implicaba.
Estamos viendo tres instancias que nos ayudan a conocer mejor a Cristo: (1) Antes de la tormenta (4:35–36); (2) Durante la tormenta (4:37–39); y (3) Después de la tormenta (4:40–41).
Después de la Tormenta (otra vez) (Marcos 4:40‒41)
Pueden agregar, después de escribir este punto en el bosquejo, «otra vez» entre paréntesis. Porque así ocurre muchas veces en la vida cristiana: hay un antes de la tormenta, un durante la tormenta y un después de la tormenta… y, con el tiempo, otra vez. Por eso necesitamos volver a este pasaje y recordar quién es Cristo.
V. 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
Jesús ahora dirige la atención desde la tormenta hacia el corazón de los discípulos: «¿Por qué estáis así amedrentados?» Su problema no había sido reconocer que el peligro era real; el problema fue responder al peligro como si la presencia y la autoridad de Jesús no significaran nada.
La segunda pregunta puede expresarse, siguiendo la lectura οὔπω ἔχετε πίστιν del texto crítico: «¿Todavía no tenéis fe?» La palabra «todavía» mira hacia atrás: después de todo lo que ya habían oído y visto, todavía no respondían a Jesús con la confianza que correspondía.
Jesús les ha mostrado muchas señales previamente. Uno esperaría que, después de verlo calmar el mar, dijeran: «Yo sabía que Él podía hacerlo». Pero la reacción muestra que todavía están descubriendo quién es realmente Jesús.
V. 41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?
Ellos responden con temor. Y aquí ocurre algo sorprendente: la tormenta ya terminó, el mar está en calma, pero los discípulos tienen ahora un temor aún mayor.
Han conocido algo más de su Señor. La construcción griega intensifica la reacción: ἐφοβήθησαν φόβον μέγαν, literalmente, «temieron un gran temor». Marcos organiza la escena con una repetición que vale la pena observar:
(1) v. 37: λαῖλαψ μεγάλη, «una gran tormenta»;
(2) v. 39: γαλήνη μεγάλη, «una gran calma»;
(3) v. 41: φόβον μέγαν, «un gran temor».
Este temor no parece ser todavía el temor reverente y maduro de Proverbios 1:7: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová». Es el temor de hombres que acaban de descubrir que Jesús es mucho más de lo que habían comprendido. Pero precisamente ese asombro puede conducirlos a conocerlo y temerlo como corresponde.
Por eso se preguntan: «¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?» Esa es la pregunta a la que Marcos nos ha llevado. La gran tormenta y la gran calma desembocan en una pregunta acerca de la identidad de Jesús.
Y Marcos seguirá desarrollando esa respuesta. Fíjense en lo que viene a continuación:
(2) autoridad sobre los demonios (5:1–20); (3) autoridad sobre la enfermedad (5:25–34); y (4) autoridad sobre la muerte (5:35–43).
Y más adelante, cuando la incredulidad permanece, Marcos 6:6 dice: «Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando».[7]
Conclusión
Cuando estábamos conociéndonos con mi esposa, fuimos para mi cumpleaños con un amigo a un concierto de Hillsong United. En ese entonces yo no veía muchas de las cosas que después llegarían a preocuparme; fuimos, y la música sonaba increíble.
Estábamos en el centro de un domo, en un lugar desde donde se veía todo el recinto. En un momento subió un pastor australiano que venía con ellos y presentó el evangelio. Llamó al arrepentimiento y yo pensé: «Bueno, algunos habrán traído a un amigo no creyente; es un buen momento para predicar el evangelio». Entonces hizo la invitación.
Queridos, TODO EL RECINTO LEVANTÓ LA MANO. Mi esposa, mi amigo y yo quedamos en medio de todas esas manos levantadas. Me corrió un frío por la espalda. Pensé: «¿No son creyentes? ¿A qué vienen? ¿A quién le están cantando?».
No contestos con esto después cantaron a todo pulmón una canción para cerrar la noche, una canción que decía: «Fuego de Dios, fuego de Dios, consúmenos». Y yo no podía dejar de pensar en la contradicción: personas hablando de Dios, cantando acerca de Dios, quizá usando lenguaje cristiano, pero sin que eso garantizara que realmente conocieran al Dios del que estaban hablando.
Tú, como creyente, necesitas pasar tiempo con tu Señor, escuchar su Palabra y mirar con atención quién es Cristo. No basta con saber cosas acerca de Él. Necesitamos conocerlo cada vez mejor para confiar en Él y temerle como Él merece.
Los discípulos no entraron en la tormenta por desobediencia. Entraron porque siguieron la dirección de Jesús. Cristo no solamente es capaz de rescatarlos de la prueba; en su soberanía puede permitir que atraviesen pruebas en las que aprenderán algo de Él que, de otro modo, no habrían visto con la misma claridad.
Y eso cambia la pregunta. En lugar de preguntar solamente: «Señor, ¿por qué me pusiste aquí?», debemos aprender también a preguntar: «Señor, ¿qué quieres que vea de Cristo en medio de esto?»
Al principio del relato había calma en Jesús y tormenta alrededor de Él. Después hubo calma en el viento y en el mar, pero una tormenta de temor en el corazón de los discípulos.
¿Por qué? Porque, de repente, el problema más grande ya no era el mar. El problema era estar en una barca con alguien capaz de ordenar al viento y al mar, y que ambos le obedecieran.
Así termina Marcos dejándonos la pregunta que no podemos esquivar: «¿Quién es éste?» Conocer la respuesta no es un detalle secundario de la vida cristiana. Conocer a Cristo es el centro.
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